A mí me gustaba la soledad, ser dueña del lugar por donde me pegaba el viento; depender lo justo, no llegar nunca a hartar. Mirar de reojo las cosas, sonreír entre dientes, contar secretos a pares y reírme después de aquél que se creía importante por conocerlos.
Me gustaba mi nube pese a lo frágil que era a veces, le tenía cariño aun sabiendo que resistiría muy mal cualquier embiste del tiempo.
Y por ahí me paseaba yo, no a tres, sino a cuatro metros sobre el cielo; llevaba años cansada de lo que se cocía a ras de suelo, de la asfixia de la ciudad, de la hipocresía que se deslizaba al ritmo frenético del transporte público.
Desconectaba en un abrir y cerrar de ojos.
Y así, poco a poco, me alejé del mundo. Desintonicé la frecuencia de mi vida y anduve ausente muchos meses. Dejé escapar silencios, obvié alguna que otra mirada que tal vez de haber conservado otro gallo cantaría. Pasito a paso, que a mi nunca me ha gustado correr. Y hoy me busco, harta de lo que no dije, asqueada por lo que hablé, arrepentida.
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